América

Excursión a las ruinas de Pisac desde Cuzco

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Presidiendo el imponente valle de Urubamba, se alzan las ruinas de la ciudadela de Pisac, situadas en lo alto de una colina. Fue allí donde decidimos ir ese día. Tras desayunar, fuimos andando hasta la estación de autobuses de la avenida Tullumayo. Nos subimos a uno que no era muy grande y que tenía poco espacio entre asientos. Además, el autobús se iba parando cada vez que alguien quería subir, con lo que los 33 kilómetros que separan Cuzco de Pisac se nos hicieron un poco pesados. Pero de todas formas, estábamos emocionados por lo que íbamos a ver.

Al llegar al pueblo de Pisac, hay dos maneras de subir los 13 kilómetros hasta las ruinas: a pie o en taxi. En el autobús coincidimos con una chica china con la que decidimos compartir el taxi hasta las ruinas. El precio está fijado en 25 soles y, una vez arriba, cada uno se fue por su camino.

En la entrada al recinto había algunas vendedoras y mi compañero decidió comprarse una gorra porque se la había olvidado en el hostal. Yo tampoco llevaba gorra ese día, pero no me compré ninguna porque aunque hacía un sol radiante, como iba con manga larga pensé que no me quemaría. ¡Craso error! Mira que la vendedora me repitió que comprara la gorra, que solo costaba 10 soles (3€) y que allí el sol era muy dañino… pero yo ni caso. ¿Queréis saber como acabé el día? Pues al final del relato os lo cuento.

Las ruinas de Pisac son impresionantes, están encaramadas en lo alto de una colina muy alta, flanqueadas por dos barrancos y rodeadas de innumerables bancales que le hacen de falda a rayas. Los incas usaban estas terrazas escalonadas para poder tener más cultivos y de mayor variedad. De hecho, Pisac tiene la estructura básica de ciudad inca, que consta de varios núcleos dispersos por la cresta de las colinas, con bancales, casas y templos de piedra. Se cree que Pisac era una hacienda que pertenecía al inca Pachacútec.

En lo alto del yacimiento se encuentra el Intihuatana, un templo dedicado al sol con un «amarradero» para el astro rey. Los incas creían que si amarraban el sol al poste del templo, lograrían hacerlo volver después del invierno y así no desaparecería para siempre. Toda la zona que rodea al templo es un laberinto de construcciones al que hay que dedicarle una buen rato para explorarlo bien.

Seguimos recorriendo las ruinas en dirección al pueblo, atravesando puertas construidas en medio del camino con una perfección milimétrica. Sobre unos 30 minutos andando, llegamos a la zona de Kallaqasa, en la que encontramos unas construcciones rectangulares con muy buenos acabados. Lo curioso de las contrucciones incas es que las puertas, las ventanas y las paredes siempre tienen forma trapezoidal para evitar que los terremotos las derrumben fácilmente. Además, en esta zona de las ruinas sorprenden los sistemas de canalización por los que todavía corre el agua.

Tras la visita al yacimiento, emprendimos el camino de vuelta. Eran las dos del mediodía y no queríamos llegar muy tarde al pueblo para comer. El camino de bajada tiene unas vistas estupendas del valle y no es muy complicado, pero al bajar a buen ritmo llegó un punto en el que las piernas me empezaron a flaquear. Tras una hora larga de camino, y cuando estábamos a punto de llegar al pueblo, nos encontramos con una pareja de ingleses, de cuyo nombre no puedo acordarme, con los que estuvimos charlando un rato mientras descansábamos. Fue el primero de una serie de encuentros fortuitos que se fueron repitiendo por los distintos puntos de interés del país.

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