América

De Puno al cañón del Colca

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Cuando preparamos el viaje a Perú, organizamos la ruta al revés de lo habitual, es decir, empezando por el Machu Picchu en vez de dejarlo para el final. Pensamos que sería mejor estar frescos para la visita al Valle Sagrado y sus tesoros. Sin embargo, descubrimos que era difícil encontrar transporte público que vaya de Puno a la zona del cañón del Colca. En cambio, era bastante fácil y asequible ir del cañón del Colca a Arequipa, tanto en transporte público como con excursiones organizadas, pero no desde Puno.


Después de buscar información en otros blogs, vi que tanto Chavetas como Los viajes de Sandar se habían alojado en el Killawasi Lodge en Yanque, en el cañón del Colca, y al indagar en la web del hotel descubrí que tenían un paquete que no salía nada mal de precio: tres días por la zona saliendo de Puno y terminando en Arequipa. Así que decidimos tomarnos unas minivacaciones del viaje y dejamos que Guillermo, del Killawasi Lodge las organizara.

Esa mañana nos dijeron que el transporte nos vendría a buscar a nuestro hotel en Puno pasadas las seis, pero no esperábamos que se tratara de un autocar de 60 plazas para nosotros solos, ¡y con guía incluido! Además, en el trayecto entre Puno y Chivay, en el Valle del Colca, íbamos a hacer algunas paradas para conocer un poco mejor la región. ¡Qué subidón!

La primera parada del itinerario fue la laguna de las Lagunillas (nombre redundante donde los haya) en la que pueden verse flamencos en la lontananza. Más tarde, la parada fue para divisar el volcán Chucura y también atravesamos la Reserva Nacional de Aguada Blanca, donde abundan las vicuñas, una especie de llama protegida, ya que su lana es tan suave que se ha cazado demasiado y ahora está al borde de la extinción.

Poco a poco, la carretera iba ascendiendo y en cada parada se hacía más difícil respirar y el terreno era más yermo. El paisaje que contemplamos en el mirador del volcanes Patapampa, situado a casi 5000 metros de altitud, era extraterrestre. Era como si la atmósfera te empujara hacia el suelo. Costaba moverse y respirar a la vez. Y lo que hacía que el paisaje fuera más marciano eran los cientos de apachetas que nos rodeaban, unos montoncitos de piedras apiladas erigidas por todos quienes habían parado allí como prueba de su paso.

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