Europa

Guía del viaje a Grecia de 15 días

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Este verano hemos podido cumplir uno de los sueños más anhelados de Xavi: viajar a Grecia, cuna de nuestra civilización y destino soñado para cualquier amante de la arqueología. Y no solo eso, sino que, además, ofrece playas de ensueño y una gastronomía deliciosa. Como era nuestro primer viaje a Grecia decidimos visitar los «grandes éxitos» imprescindibles para un primer viaje a Grecia de quince días: ver los mejores yacimientos arqueológicos del Peloponeso, conocer la típica postal griega visitando dos islas Cícladas: Folegandros y Santorini, y acabar recorriendo el oeste de Creta. Así pues, aquí tenéis la Guía del viaje a Grecia de 15 días con todos los detalles.

Día 0: salida de Barcelona a las 23:30h y llegada a Atenas a las 3:30h hora local
Día 1: Delfos, noche en Patra (Peloponeso)
Día 2: Dimitsana, Stemnitsa y Olimpia, noche en Olimpia (Peloponeso)
Día 3: Nemea, Micenas y Nafplio, noche en Epidauro (Peloponeso)
Día 4: Epidauro, Corinto y Atenas, noche en Atenas
Día 5: Acrópolis de Atenas y Monastiraki, noche en Atenas
Día 6: Atenas y el Pireo, noche en el Pireo
Día 7: Folegandros, noche en Folegandros (islas Cícladas)
Día 8: Folegandros, noche en Folegandros (islas Cícladas)
Día 9: Santorini, noche en Santorini (islas Cícladas)
Día 10: Santorini, noche en Heraclión (Creta)
Día 11: Heraclión, noche en Chania (Creta)
Día 12: Chania, noche en Sougia (Creta)
Día 13: senderismo por la garganta de Samaria, noche en Sougia (Creta)
Día 14: Rethymno, vuelta a casa desde Heraclión (4 am)
Día 15: regreso a Barcelona (7 am)

Grecia está cerca, pero cuando cada año mirábamos vuelos para viajar en agosto, los precios siempre estaban imposibles. Tanto es así, que un año hicimos un viaje a Rusia y al otro un viaje a China porque los precios de estos vuelos eran más o menos igual de caros que viajar a Grecia. En fin, que este año dijimos que del 2015 no pasaba y compramos los vuelos en enero, unos días después de volver del viaje a la Costa Oeste de los Estados Unidos.

Tras mucho buscar, finalmente compramos un vuelo directo de Barcelona a Atenas con Aegean Airlines y la vuelta la hicimos desde Heraclión en Creta con Vueling. El vuelo de ida fue genial y Aegean Airlines nos sorprendió muy gratamente: el avión era nuevo y cómodo, y hasta nos dieron cena. Esto nos sorprendió porque, por otro lado, facturar una maleta suponía un pago extra. El vuelo de ida nos costó 110€ por persona, más 30€ por una maleta facturada. El de vuelta nos costó 135€ por persona, más 20€ por una maleta facturada que acabó llegando a casa 5 días más tarde.

Cómo moverse por el Peloponeso

La primera etapa del viaje a Grecia consistió en recorrer la península del Peloponeso para conocer los mejores yacimientos arqueológicos de la región. Para poder visitar el máximo de sitios con los pocos días de que disponíamos, en el aeropuerto de Atenas alquilamos un coche durante 4 días. Alquilamos con Avis a través de Rentalcars. Alquilar un coche pequeño (nos dieron un Smart 4 Four) nos costó 211€, pero tuvimos que añadir un cargo de 24€ por recoger el coche a las 4:30 am. Al cabo de los cuatro días, devolvimos el coche en la oficina del centro de Atenas. Al devolverlo allí que no os extrañe tener que subir el coche a la acera.

Entre unas cosas y otras, salimos del aeropuerto de Atenas sobre las 6 am. De allí a Delfos (Delphi/Delfoi Δελφοί) hay poco más de 200 km: 130 km por autopista y los 70 km restantes por una carretera convencional que atraviesa montañas y tiene algunas curvas importantes. En la autopista pagamos tres peajes: de 2,80€, 3,30€ y 3,85€. En las autopistas solo se puede pagar con teletac o en ventanilla. Aunque en los carteles pone «All payment means» solo se puede pagar en efectivo. Por cierto, en agosto de 2015 el litro de gasolina sin plomo en el Peloponeso y Grecia Central estaba entre 1,52 y 1,60€.

Finalmente llegamos a Delfos a las 8:15 de la mañana y fuimos de los primeros en acceder al recinto arqueológico. La entrada está justo antes del pueblo de Delfos y no hay mucho sitio para aparcar, así que os recomendamos madrugar. Nosotros aparcamos en batería delante del museo y gratis.

La entrada al recinto cuesta 6€. Si además se quiere visitar el museo arqueológico, lo que es recomendable por la famosa estatua del auriga y por el aire acondicionado, hay una entrada combinada de 9€. Os aconsejamos estar allí a primera hora de la mañana, ya que a partir de las nueve llegan los grupos y en agosto a partir de las 9:30 horas el calor empieza a ser insoportable. A continuación podéis ver el mapa del yacimiento.

Las ruinas de Delfos son célebres por el oráculo que en la Antigüedad respondía a las preguntas de gobernantes de toda Grecia y más allá. El oráculo era Pythia, la sacerdotisa que podía consultarse en el templo de Apolo. Tras hacer una donación y un sacrificio al dios griego de la luz y la música, se entraba en el templo y se hacía la pregunta. Frente a un caldero de tres patas, la pitonisa mascaba hojas de laurel, aspiraba los gases que surgían de una grieta en el suelo y se sumía en un trance durante el que el dios Apolo hablaba a través de ella. Luego, los sacerdotes del templo traducían los gritos incomprensibles y ofrecían la respuesta, que siempre era algo ambigua.

Las ruinas del templo de Apolo, por tanto, forman el núcleo del recinto arqueológico. Puede verse perfectamente la base del templo y varias columnas de la entrada. A su alrededor, se extienden los restos de toda una serie de edificios adicionales que cubren la ladera empinada de la montaña. Estos fueron añadiéndose poco a poco a lo largo de los nueve siglos de uso del santuario. Si empezamos la visita desde arriba del todo para así ir bajando tranquilamente, primero veremos el estadio. Aquí se celebraban las carreras de los juegos píticos, parecidos a los olímpicos pero dedicados al dios Apolo.

Como la música y las artes también eran sagradas para este dios, más abajo se encuentra un teatro, con capacidad para 5000 personas. Si bajamos por la escalinata junto a la entrada del templo, veremos la hilera de columnas donde los atletas se entrenaban para participar en los juegos. También puede verse la base de la columna de la esfinge, aunque la escultura que la coronaba está en el museo anexo. Al otro lado hay los restos de varios edificios construidos por donantes para mostrar su agradecimiento al oráculo, pero también para demostrar su poder ante todos los visitantes que recibía el santuario.

Esta también era la función de los tesoros, unos edificios parecidos a templos griegos pequeños donde se guardaba el botín de las guerras que se dedicaba a Apolo. Uno de estos aún se mantiene en pie en esta zona. Junto a este tesoro hay una piedra cónica en el suelo: el ónfalo. Según la leyenda, Zeus arrojó esta piedra aquí para señalar el centro del mundo. Por eso, Delfos se consideraba el «ombligo» del mundo y, además del templo de Apolo y su oráculo, se protegía esta piedra sagrada. El camino que baja hasta la entrada pasa junto a una serie de edificios pequeños en ruinas que son de la época de la dominación romana.

Una vez fuera del recinto arqueológico, aún hay otros lugares de interés. Si seguimos la carretera en dirección oeste, veremos los restos de un gimnasio construido por los romanos. Y más allá, pueden verse los restos de un templo dedicado a la diosa Atenea Pronaia, encargada de proteger el santuario de Delfos. Varios pueblos, como los persas y los celtas, trataron de saquear las riquezas que se guardaban en Delfos, pero los defensores siempre lograron repelerlos.

Por otro lado, la visita a Delfos no es completa si no se visita el museo, ya que aquí se conservan las esculturas del yacimiento arqueológico. Por ejemplo, la esfinge que hemos mencionado antes, pero también las figuras del frontón del templo y varias riquezas que los reyes de la Antigüedad donaron a este centro espiritual. Por último, cabe destacar la escultura del Auriga, la representación en bronce de un joven ganador de las carreras de cuadrigas, que aún hoy cruza la mirada contigo a través de los siglos.

Una buena amiga nos recomendó una taberna que está en el pueblo de Delfos, a un kilómetro de las ruinas y delante de la gasolinera de BP. La taberna To Patriko Mas es un restaurante tradicional que tiene una terraza con unas vistas impresionantes al mar y a un campo de olivos. Se come muy bien y además abre la cocina a las doce del mediodía. Con el madrugón y la pateada que nos dimos en las ruinas, a esa hora ya estábamos muertos de hambre y fuimos allí sin dudarlo. En la terraza se estaba genial porque corría un fresquito muy bueno. Pedimos dolmakia de pescado (6,50€), feta frito con masa brick (7,50€), una musaca espectacular (8€) y cordero asado con salsa de limón (11€). Os lo recomendamos. Por cierto, el pan se paga aparte (1€) y podéis pedir el agua del grifo porque no la cobran y está muy buena.

En principio íbamos a pasar esa noche en Olimpia, pero viendo las distancias y que casi no habríamos dormido la noche anterior, decidimos parar a dormir en un punto intermedio. Fue una sabia decisión porque a Patra llegamos muy justos de energías.

Para ir desde la Grecia Central donde está Delfos al Peloponeso en dirección a Olimpia, lo mejor es cruzar el puente de Antirrio a Rio. El peaje es de 13,80€, pero vale la pena.

Al buscar en Booking dónde dormir en Patra, encontramos un hotel de 4* con piscina por 48€. Cuando entras en el hotel Astir tienes la sensación viajar atrás en el tiempo y volver a los años setenta. El hotel está tal cual lo construyeron y se ve desgastado por el paso del tiempo. Casi no miramos las habitaciones porque lo único que nos interesaba era la piscina, y aunque no es la bomba y tiene cloro para matar hasta a los propios bañistas, el chapuzón nos sentó genial. Además, la habitación estaba limpia y el wifi funcionaba bastante bien.

Gasolina del primer día: 17€ (1,60€/litro) y 26€ (1,52€/litro).

Ese día dejamos atrás Patra para adentrarnos en el Peloponeso profundo. Tardamos unas tres horas en llegar a Dimitsana por una carretera con curvas muy pronunciadas en algunos tramos. Se nota que es una zona menos turística porque casi todas las indicaciones de la carretera están solo en alfabeto griego, así que un GPS es bastante imprescindible.

Dimitsana (Δημητσάνα) es un pequeño pueblo medieval encastrado en la montaña formado por casitas de piedra. La carretera principal lo atraviesa y de ahí parten varias calles que suben y bajan por la ladera. Lo más destacado es la casa del patriarca Gregory V, que estaba cerrada, y las dos iglesias.

Este pueblo es famoso por estar cerca de los senderos del cañón de Lousios que llevan al monasterio de Aimylon, un monasterio situado en la montaña que al verlo en fotos nos recordó al Templo Colgante de China. Saliendo de Dimitsana y en la misma dirección al Museo de la hidroeléctrica (Open Water Museum) hay un cartel que indicaba que en esa dirección empezaban los «Lousios Paths» o senderos de Lousios. Seguimos conduciendo un buen rato por una carretera cada vez más estrecha y en peor estado. Fuimos en dirección al fondo del cañón, pero no vimos muchas indicaciones sobre dónde empezaban los senderos.

Finalmente llegamos con el coche hasta el fondo del cañón y atravesamos un puente que cruzaba un río poco profundo. Aparcamos el coche en un recodo y preguntamos a una señora holandesa que había instalado la Campervan allí en medio. Nos dijo que unos metros más allá había una señal que marcaba el inicio del sendero. Caminamos hasta el puente y en un cartel pequeño ponía que hasta el monasterio había 1 hora a pie por un camino de montaña superempinado. Al final abandonamos la idea de recorrer el camino, porque no nos fiábamos de que el sendero estuviera bien señalizado más adelante. Además, a las doce del mediodía el termómetro marcaba 42 grados, lo que lo convertía la caminata en una locura total.

Así que cambiamos los planes y decidimos bañarnos en el río Lousios, justo unos metros más arriba del puente. El agua estaba fría, pero con el calor que hacía, el bañito nos sentó muy bien.

Una vez refrescados, decidimos volver hacia Dimitsana, pero en lugar de dar media vuelta por donde habíamos venido (20 minutos) decidimos seguir por la carretera por indicación del GPS y tardamos casi una hora en llegar. Después de comer seguimos la ruta para visitar los pueblos de Stemnitsa (Στεμνίτσα), Karitena (Καρύταινα) y Andritsena (Ανδρίτσαινα), pero se puso a diluviar de tal manera que abortamos la misión y seguimos la ruta hasta Olimpia. Hay días en que, no sabes por qué, pero los planes no acaban saliendo.

Dimitsana está a una hora y cuarenta minutos de la antigua Olimpia. Como abortamos el plan de visitar el resto de pueblos por la lluvia torrencial que caía, acabamos llegando antes de tiempo. En cambio, en Olimpia hacía sol y calor, así que pudimos visitar el complejo arqueológico y el museo que cierra a las 20h.

Las ruinas de Olimpia son famosas por ser el punto de origen histórico de los Juegos Olímpicos que, en la Antigüedad, se celebraban en honor al dios Zeus. Y los juegos se celebraban aquí porque este era uno de los centros de culto a Zeus más importantes de la antigua Grecia. El templo albergaba la estatua de Zeus Olímpico, una de las siete maravillas del mundo antiguo, esculpida por Fidias, con adornos de oro y marfil. Además, Olimpia cuenta con sus propias leyendas, como la del rey Pelops, que logró casarse con la hija del rey Enomao de Pisa al vencer a este en la carrera de carros, y luego terminó por dominar toda la península aún lleva su nombre: el Peloponeso.

Durante la época de la dominación romana de Grecia, los juegos se abrieron a todo el Mediterráneo y participaron representantes de muchos otros pueblos. Además, varios emperadores romanos financiaron la construcción de nuevos edificios y la ampliación de otros ya existentes.

Esta competición deportiva internacional recuperó su vigencia tras diecisiete siglos de olvido en 1896, cuando se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas. En la actualidad, la antorcha de los Juegos Olímpicos se enciende todavía en las ruinas de Olimpia, y más concretamente frente a los restos del templo de Hera.

Como en Delfos, después de visitar las ruinas de la antigua Olimpia es imprescindible explorar el museo anexo. Aquí se conservan todas las estatuas que se encontraron en las excavaciones arqueológicas del yacimiento, además de las estatuas del frontón del templo de Zeus, que son espectaculares. También hay una maqueta que permite ver cómo debía ser la antigua Olimpia en su tiempo, que es muy útil porque el estado actual de las ruinas deja mucha labor a la imaginación.

El complejo arqueológico de Olimpia está abierto de ocho de la mañana a ocho de la tarde. La entrada al complejo arqueológico cuesta 6€, lo mismo que la del museo. Si se quiere visitar ambos, la entrada combinada cuesta 9€. Por otro lado, el Museo de historia de los juegos olímpicos de la Antigüedad y el de la historia de las excavaciones en Olimpia tienen unos horarios muy raros. Os los dejamos en esta foto:

Por recomendación de nuestra amiga Helena, nos hospedamos en el Hotel Pelops, un hotel situado en Archaia Olympia, a quince minutos andando del complejo arqueológico. El hotel está genial, tiene instalaciones nuevas, una cama extragrande y cómoda, y un desayuno buffet completo. Aunque no tiene piscina, los huéspedes pueden usar la del hotel Europa que está en las afueras del pueblo (hay que ir en coche o caminar 20 minutos de subida).

Helena también nos recomendó la cafetería restaurante Aegean del centro del pueblo, pero si vais en verano, os recomendamos cenar en el jardín del Hotel Europa, en el restaurante The Garden. Si es posible, reservad una mesa cerca del mirador a las ocho y media de la tarde y así podréis disfrutar de una puesta de sol espectacular.

Nosotros cenamos allí, pero como fuimos sin reserva previa, nos tocó una de las mesas más apartadas. Aun así, disfrutamos mucho de la comida. Por cierto, tienen una carta en español, aunque no está del todo bien traducida. Podéis reservar mesa escribiendo a esta dirección: [email protected]

Foto de Booking.com

Gasolina del segundo día: 20€ (1,54€/litro).

Ese día salimos de Archaia Olympia hacia Epidauro pero paramos por el camino para visitar los yacimientos arqueológicos de (Archaia Nemea /Αρχαία Νεμέα), Micenas (Mykines/Μυκήνες) y la bonita población de Nauplia (Nafplio/Ναύπλιο).

La primera parada fue Archaia Nemea (Αρχαία Νεμέα), a dos horas y media de Archaia Olympia. Por desgracia, el GPS nos llevó por la ruta más corta (166 km) que no era la más rápida, ya que nos volvimos a comer gran parte de la dichosa carretera de curvas. Lo mejor es tomar la E55 y luego la E65 porque, aunque son más kilómetros (189 km) tienen menos curvas y encima se tarda un poco menos.

Cuenta la leyenda que, en tiempos remotos, Nemea sufrió el ataque de un enorme león. Solo un héroe semidivino de la talla de Heracles podía matarlo, y así lo hizo en el primero de los doce famosos trabajos.

Además de esta leyenda, en la Antigüedad en Nemea se celebraban cada dos años los juegos nemeos, unas pruebas atléticas en honor a Zeus muy parecidas a las de Olimpia. Hoy en día, en las ruinas de Nemea destaca sobre todo el templo a Zeus, que investigadores de la universidad de Berkeley se esfuerzan por conservar. Desgraciadamente, aparte de varias columnas dóricas del templo y unos baños para los atletas, quedan muy pocos restos reconocibles de la antigua Nemea en este yacimiento arqueológico. Aun así, puede verse aún el recinto del estadio, que se encuentra un poco más allá del recinto arqueológico.

Por otro lado, cabe destacar que desde 1996, la Sociedad para la recuperación de los juegos nemeos organiza en Nemea unas pruebas atléticas internacionales que recrean las de tiempos antiguos. Los siguientes juegos tendrán lugar del 11 al 12 de junio del 2016. Más información aquí.

La entrada al sitio y al museo cuesta 3€, y la entrada al estadio que está a unos 500 metros vale 4€. El horario del sitio y del museo es de 8 a 20 horas. Hay aparcamiento gratuito en la puerta y no suele estar muy lleno.

De Nemea a Micenas (Mikines/ Μυκήνες) hay solo 20 minutos en coche. Micenas es famosa por la antigua ciudad amurallada del legendario Agamenón, de la cual solo queda bien conservada la Puerta de los leones y la tumba del rey, que es bastante espectacular.

Las ruinas de la ciudadela de Micenas se encuentran en lo alto de una loma y sus cimientos llevan allí desde hace tres mil trescientos años. Esta es la ciudadela que da nombre a la civilización micénica, el pueblo de los aqueos que protagonizan La Ilíada de Homero.

Al subir la pendiente hasta la entrada, sorprenden las murallas de rocas enormes bien encajadas. Y luego uno se queda embobado ante la famosa Puerta de los leones, con un dintel formado por dos rocas descomunales que deben pesar toneladas. Además, las figuras de los dos leones son la escultura monumental más antigua de toda Europa. Por desgracia, una vez traspasada la puerta, los restos de Micenas dejan mucho trabajo a la imaginación. Para facilitarlo, al lado de las taquillas del recinto venden unos mapas de la ciudadela dibujada tal como debía ser en el 1300 a.C.

Es interesante ver el recinto de las tumbas reales, el megarón o la sala del trono, y luego deambular hasta el rincón del fondo, donde pueden verse las escaleras que descendían hasta la reserva de agua.

En el museo anexo pueden verse muchos objetos encontrados en el yacimiento. Aparte de un sinfín de vasijas, en el piso inferior se guardan los tesoros que se encontraron en la gran tumba real que hay bajando por la colina. Entre estos, destacan varias espadas y abalorios de oro, pero sobre todo la llamada «máscara de Agamenón», la máscara funeraria de oro que en realidad se desconoce a qué rey representa.

Por último, no hay que olvidarse de visitar el tesoro de Atreo, que es como se llama a esta tumba real. La entrada penetra en la colina con un gran pasillo de piedra que termina en una puerta descomunal. En el interior, una sala redonda y ahora vacía con una cúpula de 13 metros de altura. Y una puerta pequeña que conduce a la sala donde seguramente se guardaba la tumba del rey.

La entrada cuesta 8€, aunque es gratis para los estudiantes de la UE, y da derecho a visitar el yacimiento arqueológico, el museo y «el tesoro de Atreo». El tesoro está a unos 500 metros antes de llegar al yacimiento arqueológico y tiene un pequeño parking en la puerta.

El pueblo de Micenas está a dos kilómetros de las ruinas y nosotros paramos en una taberna que hay en la carretera que se llama Mycinaiko, la reconoceréis porque tiene un letrero anunciando wifi bastante grande. Tienen menús de platos combinados por 7€-9€ y la comida era sencilla pero buena.

La última parada de la ruta de ese día fue en el bonito pueblo de Nauplia. Se considera uno de los más románticos de Grecia y sus casas de estilo veneciano invitan a callejear por el casco antiguo. Además, toda la zona antigua está muy cuidada y hay muchos bares y restaurantes cucos donde sentarse a comer o tomar algo.

Podéis dejar en coche en la zona del puerto (calle Bouboulinas) que es gratuito. Desde allí podéis dar un paseo por el muelle y divisar la fortificación Bourtzi en medio del mar. Seguimos paralelos al mar y nos adentramos en el pueblo para hacer una parada técnica en la Antica Gelateria di Roma (Pharmakopoulouuna, 3), una heladería donde unas señoras italianas sirven unos helados buenísimos. Además, si os sentáis en los taburetes del pequeño local, os servirán un vaso de agua y unas galletitas italianas (2€ el cucurucho).

Nauplia además tiene dos fortificaciones: la fortificación de Akronaplia (entrada gratis) y el fuerte de Palamidi. Para acceder a este último se pueden subir los 999 escalones «de la muerrrte» que salen de la iglesia de Agios Andreas o subir con el coche. Nosotros optamos por esta segunda opción. La entrada al fuerte cuesta 4€, pero está muy bien cuidado y desde allí hay unas vistas muy bonitas del mar y la ciudad.

Si no tenéis coche también podéis subir con el bus turístico de la ciudad que cuesta 5€, funciona de abril a septiembre de 9 de la mañana a las 5 de la tarde y pasa cada hora.

A pesar de que Nauplia es una población muy bonita y en la que valdría la pena quedarse a dormir, nosotros preferimos pasar la noche en Epidauro para poder estar a primera hora visitando el teatro.

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