América

Chichen Itzá y Mérida ¡Bienvenidos a México!, Mérida

Pin
Send
Share
Send


Llegó el gran día del viaje a México, esa mañana iríamos de excursión a Chinchen Itzá estrella de las ruinas mayas méxicanas y una de las nuevas maravillas del mundo. Tras la visita, nos desplazamos hasta la preciosa ciudad colonial de Mérida.

Seis de la mañana, sonó el despertador del móvil. Nuestra intención era estar a las ocho en punto en la puerta de Chichen Itzá, porque es la hora en que abren las taquillas, y así visitar la nueva maravilla del mundo con poca gente y poco calor. Mientras desayunábamos, debatimos si ir hasta allí en un colectivo o en un autobús de ruta, y un camarero nos informó que ambos medios pasaban cada media hora. ¿A qué hora? Eso es un misterio porque, como en Italia y España, pasa cuando pasa. Mientras ingería un plato de fruta fresca vi cómo desfilaban ante mí dos colectivos y un autobús de ruta con minutos de diferencia… Pues vaya, habrá que ir en taxi. Llamamos a un taxi y, mientras lo esperábamos, vimos cómo pasaban varios colectivos más. Pasar… pasan, más de uno cada media hora, seguro. ¿Cuándo? Otro de los innumerables misterios mayas que quedan aún por descifrar.

A las ocho en punto llegamos a la puerta, dejamos las maletas en el locker gratuito y compramos la entrada (al haber asistido la noche anterior al espectáculo de luz y sonido, solo tuvimos que pagar la diferencia). En la entrada se nos acercó un guía que nos ofreció sus servicios, pero le dijimos que habíamos quedado con un guía el día anterior para hacer la visita con él. Esperamos unos 10 minutos y el otro guía nos comentó que al igual venía más tarde o que no venía… presionando muy profesionalmente para que no perdiéramos más el tiempo. Como no tenía la credencial colgada del cuello, le dije que por favor me la enseñara porque no quería contratar un guía pirata y, al estar todo en orden, decidimos hacer la visita guiada con él sin más dilación.

Felipe tenía unos sesenta años y nos explicó muchas historias sobre Chichen Itzá y la cultura maya. Chichen Itzá son las ruinas mayas más famosas y mejor restauradas del Yucatán y yo diría que de México. Desde el 2007, y tras una votación popular, fue declarada nueva maravilla del mundo. «El castillo» o pirámide de Kukulkán es el edificio más famoso y más representativo de todo el yacimiento. La visita empezó por allí. Felipe nos explicó que si sacábamos un machete y nos adentrábamos en la selva aun podíamos descubrir alguna ruina, ya que la ciudad se extendía muchos kilómetros a la redonda (¿unos 35? no lo recuerdo bien), de los cuales sólo se habían restaurado unos pocos.

Juego de Pelota

En lo que más insistió Felipe fue en todo lo que tenía que ver con los sacrificios humanos. Para los mayas, los sacrificios humanos eran una manera de venerar a los dioses, así que para el sacrificado era también todo un honor. Claro está que la visión de Hollywood siempre suele ser más sensacionalista y, a pesar de que se hicieran sacrificios humanos, estos no se hacían cada día, sino en ocasiones especiales.

El castillo originariamente fue construido por los toltecas y más tarde, en el año 800, se erigió el actual encima de este. En realidad, la pirámide es una representación del calendario maya de 25 metros de altura. Cada una de las cuatro escaleras cuenta con 91 peldaños y si los sumas junto con la plataforma superior da un total de 365. Aparte, cuenta con una acústica impresionante, con lo que cuando el máximo dirigente o sacerdote se quería dirigir a las masas, lo podía hacer desde lo alto de la pirámide sin tener que desgañitarse en el intento. Actualmente no se puede subir a la pirámide porque hace unos años alguien se cayó y se dice que se mató. Pero no me extraña, cada peldaño tiene la anchura de medio pie, con lo que para bajar había que hacerlo de lado. Si a esta dificultad le sumamos el cansancio, el calor y los cientos de personas que debían trepar por allí, la desgracia estaba más que garantizada.

Tras visitar «el castillo» fuimos a otro de los lugares míticos: el gran juego de pelota. Este juego era una competición y a la vez un ritual para rendir honor a los dioses. El dios más importante en Chichen Itzá era Chaak o Tláloc, dios de la lluvia. Se cree que el juego de pelota fue variando según los años, pero básicamente lo que tenían que hacer era hacer pasar la pelota por el aro de piedra después de que rebortara en la pared. El que marcaba, ganaba, y normalmente cuando se marcaba se acababa el juego ya que marcar era extremadamente difícil. Cuando el juego de pelota se hacía como ritual, no se tiene muy claro si se sacrificaba al capitán del equipo vencedor o al del vencido. Los que participaban en el juego eran guerreros fuertes, así que se entiende que solo se sacrificara a uno de los dos en ocasiones «especiales», porque si se hiciera cada día, al poco tiempo se quedarían desprotegidos.

La cancha del gran juego de pelota también contaba con una acústica increíble, y el estruendo que debía hacer la pelota al colisionar con la pared tendría que haber sido ensordecedor.

Tras el juego de pelota, caminamos 300 metros hasta el cenote sagrado. Este cenote tiene un diámetro de 60 metros y 35 de profundidad, y allí también se hacían sacrificios. De hecho, Felipe nos explicó que la persona seleccionada era elegida y preparada durante meses para el «acontecimiento». Normalmente seleccionaban a gente de mucha fe para no hacer quedar mal al sumo sacerdote, pero aun así, para no arriesgarse, horas antes solían enjoyar y vestir lujosamente al susodicho, le daban un «viaje feliz» con algún opiáceo y, por si no fuera suficiente, lo metían en una sauna un ratico. En fin, que al pobre infeliz, que aparte no sabía nadar, lo lanzaban al agua y moría ahogado sin ofrecer resistencia alguna. Hace años se exploró el fondo del cenote y se encontraron muchas osamentas y alhajas de oro.

Cenote sagrado

Como quedaba poco tiempo, nos fuimos directamente al otro extremo del parque arqueológico para ver «el Caracol» y el «edificio de las monjas». «El caracol» se cree que era un observatorio y el «edificio de las monjas» (le dieron ese nombre porque la piedra estaba tallada como si fuera una celosía) un palacio.

Como a las 10.30 pasaba nuestro autobús de primera, a las 10.15 nos fuimos corriendo hacia la salida para recoger las maletas y subir al autobús. Nosotros pensando que iríamos sobrados de tiempo, y al final tuvimos correr hasta la entrada. Felipe llamó desde su móvil para preguntar si había pasado ya, y que si llegaba avisaran que teníamos los billetes, pero cuando llegamos al aparcamiento (no hay parada de bus en Chichen Itzá) nos dijeron que había pasado antes de la hora y que ya se había ido. Tampoco tuvimos mucho tiempo para quejarnos, ya que en ese preciso momento llegó un autobús de segunda y uno de los trabajadores de ADO que había por allí lo arregló con el autobús de la otra compañía para que pudiéramos ir en él. Lo que pasa es que el precio y la duración del trayecto hasta Mérida, no eran precisamente iguales.

Edificio de las monjas

Los autobuses de segunda o de ruta son menos confortables que los de primera, pero aun así son muy cómodos y tienen aire acondicionado. Lo que pasa es que suelen tardar más porque, como uno se puede subir y bajar con solo hacer una señal, para en todos lados. Fuimos pasando por típicos pueblos de casas bajas y pintadas con colores llamativos que se extendían a lo largo de la carretera. De vez en cuando subía un vendedor de comida ambulante vendiendo suministros a los pasajeros y, cuando terminaba, se bajaba para esperar a otro bus. Dos horas y pico más tarde llegamos a Mérida.

Las sensaciones que tuve al bajar del autobús en Mérida es algo que no sabría cómo explicar. Un empleado de la estación nos preguntó hacia dónde íbamos y la verdad es que estábamos tan desorientados, que le dijimos que nos indicara el camino al ayuntamiento. Al final, unos metros más tarde recapacitamos y preguntamos cómo se llegaba al hotel. En Mérida, las calles en lugar de nombre están numeradas. De norte a sur son impares y de este a oeste pares. Mientras íbamos arrastrando las maletas, nos adentramos por unas calles comerciales abarrotadas de gente que iba y venía en todas direcciones, con coches por doquier haciendo sonar sus cláxones y tiendas de todo tipo con la música a todo volumen y calor, mucho calor. Mientras nos abríamos paso entre la muchedumbre, me sentí como el doctor Marcus Brody en Indiana Jones y la última cruzada, perdido y gritando: «¿Alguien habla mi idioma?». Pero todo el mundo lo hacía y aun así me sentía desorientada ante tanto caos humano. «¡Bienvenido a México!», le dije con una sonrisa de oreja a oreja a mi compañero, ¡por fin hemos llegado! 🙂

Pin
Send
Share
Send